Ángel – Camino Portugués: dos y dos no siempre son cuatro

Ángel… ¿y porque pongo los puntos? Porque Ángel es de la persona de la que me es más difícil describir, y a la vez, también muy fácil… ¿Tiene explicación? Si, pero podría darme para una trilogía, y quien sabe, lo mismo algún día nos da por ser escritores, XD.

Lo mas raro es que no nos conocemos desde hace tantísimos años, entre 20 y 30 años por lo menos, pero la mala suerte o buena suerte hace que desde hace unos años nos conozcamos de una manera distinta, y es que un día tonto, me dio por eliminar de mi vida a todos aquellos que en lugar de aportar algo, solo me hacían restar. Y Ángel tiene, “esa persona mala que lleva dentro” y que dice frases del tipo… “Y porque cada uno hace con su vida lo que le dé la gana mientras no moleste a otra persona”, y esa educación no la entienden muchas personas

Leyendo su camino, soy capaz (y es raro en mi) de empatizar son sus palabras, y no me quiero alargar, ya que el protagonista de la historia es él, pero solo quiero decirle a través de estas líneas, que cada vez que alguien me hablan de ti, me aparece de forma instantánea una sonrisa en mi cara, y eso traducido al idioma del mas simple mortal… significa que siempre tendrás un amigo para recorrer con 70 años una nueva etapa del camino de Santiago para poder seguir escribiendo más páginas como esta…

Arrancamos!

                El camino, el tuyo, empieza mucho antes de andar. En mi caso desde que un amigo (Jose) me contaba con detalle y entusiasmo su experiencia. Son estas palabras escritas mi manera de devolverle que me insistiera tanto. Es de buen amigo devolver favores. Pues bien: unos días libres acumulados, un viaje económico y la necesidad de desconectar hicieron el resto.

:: Etapa 1: Tui-O Porriño ::

                Empiezo a andar en Tui, en la frontera portuguesa. Para llegar ahí vuelo desde Madrid al aeropuerto de Vigo (Air Europa) y bajo en tren regional (4,15 euros) hasta Tui desde la estación de Guixar de Vigo. Duermo inquieto la noche de antes en el Albergue Santo Domingo (muy limpio, silencioso y con café y tostadas a tu disposición para desayunar). Me despido y me dedican el primer: buen camino! Que tantas veces escucharé. Pilas cargadas, mochila puesta y primer paso dado. 120 km por delante y una experiencia imprevisible. Empieza tú camino, me digo. Ando unos cuantos kilómetros, los primeros entre bosques mientras el sol se hace fuerte. Se cruza en la ruta el bar Ultreia, con terraza y un servicio cariñoso al peregrino. Café y sigo. Me entremezclo con el sonido de los ríos y pájaros. Huele a eucalipto. Y mis orígenes deben saberlo, se alegran, me alegran. 18 kilómetros después, llego a O Porriño. Recupero fuerzas en el restaurante Maloserá a base de una ensalada de productos locales y un guiso de ternera gallega.

 

Hago una llamada, mi alojamiento hoy es algo distinto. Me recogen en coche en el pueblo para dormir en A Casucha do peregrino. En el monte, en lo más alto de O Porriño. Un disfrute para la vista y los pulmones. Me recoge Pili, madre de familia con tres hijos. Gestiona ella y su marido Jesús la pequeña casa que han construido junto a la suya. Un albergue precioso con capacidad para cuatro personas. Iba a ser una casa para los padres de Jesús, para cuidarlos. No quisieron ir a vivir ahí, tan alejados, y la hija mayor les dio la idea de hacer una casa para peregrinos. Y es esta casa las que les ayuda a pagar los estudios universitarios de sus tres  hijos. Seguro que a más de uno le suena la historia: padres sacrificados por brindar un futuro a sus hijos.

Paso la noche entre el silencio absoluto y un cielo raso que deja perfilar las estrellas perfectamente. Ocho de la mañana, traquean en la puerta. Es Jesús: “Tienes tu desayuno preparado, ya puedes pasar a la cocina (de su casa)”. A mesa puesta mientras hablamos del futuro de sus hijos o de la clase política. Nos subimos al coche y me vuelve a dejar en el camino. Han sido unos anfitriones con mimo.

:: Etapa 2: O Porriño-Redondela ::

Y arranco así la segunda etapa. 16,7 km para llegar a Redondela. Día soleado, sin nubes. La etapa tiene alguna parte con subidas que recompensan las vistas que luego te brindan las alturas. Me paro en un bosque, me siento. Sin pretensiones, solo a admirarlo. Sigo hasta que aparece un gran cartel con su nombre: Redondela. Mi sobrino me manda un audio intentando pronunciarlo, es tan incapaz como directamente proporcional a la gracia con la que lo intenta.  Llego a este pueblo vestido de puentes por encima de él. Huele a mar, y es su olor el que me arrastra hasta él. Tres palabras definen mi tarde por sus calles: Luz, paz y mar. Duermo en el albergue A rotonda (muy limpio, pero algo ruidoso por el tráfico que pasa por su puerta ya que es un bajo).

:: Etapa 3: Redondela-Pontevedra :: 

Despierto pronto, a las ocho y media empiezo a andar. Con el día creciendo. Es la etapa más bonita y probablemente la más dura. Empiezan los problemas, noto como las botas me están martirizando los tendones de aquiles en las subidas. Me encuentro con un matrimonio alemán, llevan con él a su hijo de tan solo 8 años. Está haciendo el camino, alternando el jugar con las piedras al fútbol y los hombros de su padre. Nos sonreímos. Suena el móvil, es una llamada para contarme una decisión. Tal vez vital o tal vez temporal, pero al fin y al cabo una buena decisión que pone rumbo a un nuevo camino. Sigo 22 kilómetros hasta llegar a Pontevedra, que te abraza con sus calles estrechas, las que forman su casco histórico. Coincido con dos chicas sonrientes al llegar al albergue. Entablamos conversación. Son de Seúl (Corea del Sur) y vienen caminando desde Portugal. Cada una partió sola de su país natal para que la suerte las hiciera coincidir en la península. Desde ahí, juntas, comparten la experiencia. Duermo en el albergue Acolá (limpio, camas cómodas con una especie de cortillina para aislarte y un buen desayuno), el encargado además nos preparó una bolsa de picnic para cada peregrino para el día siguiente. Nota: perderse toda la tarde de tienda en bar y de bar en tienda por el casco viejo de la ciudad. Rezuma modernidad vestida de historia.

:: Etapa 4: Pontevedra-Caldas de Reis ::

Cruzo parte de la ría de Pontevedra, voy dejando el centro atrás. He calentado los tendones con crema fría, tiritas, un ibupofreno y cambio a las zapatillas de running. Duele, pero a cada paso algo menos. Rumbo a Caldas de Reís.

En una subida un peregrino agita un árbol de naranjas, pequeñas. Ruedan muchas cuestas abajo. El reparto es aleatorio, insiste en que si ella ha llegado a ti te la quedes. Acabo de subir la cuesta y me detengo frente un panel inmenso de conchas, lazos y fotografías. Algunas inscripciones que acabo leyendo para imaginar la historia detrás de cada letra o de cada retrato ¿vivo o muerto? Y es en el mismo camino, ese día, cuando me encuentro con la muerte. Sí, con dos cementerios. Que me hacen recordar a quienes tanto les debo. Parte de mi manera de entender las cosas es gracias a ellos. Abuelos gallegos y asturianos, orgullo norteño.

Sigo caminando, la etapa se hace larga. Son 23 km hoy. Es la hora del aperitivo todavía en ruta y el sol cae a plomo como si de junio se tratase en pleno marzo. Paro a cargar fuerzas, pido una Estrella. Una Estrella Galicia. Tiro la mochila al suelo con su posterior resoplido que le hace entender a todos que pesa, y mucho.

Me siento en la terraza. A los pocos minutos una mujer de unos 60 años me pregunta cómo llevo el camino. Está pasando el día con su marido, de visita. Me cuenta que es gallega y que su hija también lo ha hecho. Y me confiesa que ella querría hacerlo pero que no puede porque está dando son sus primeros pasos. Y mi cara de sorprendido ya pregunta por sí sola. “He estado durante meses en una silla de ruedas por una operación, ando de milagro y empiezo a hacerlo poco a poco” solo me sale decir que lo siento.

Que pronto podrá y que mi camino desde hoy es también un poco suyo por compartir su historia conmigo. Y aún así cuando nos despedimos es ella la que me anima a mi. Entro en Caldas de Reís cruzando su puente. Recargo fuerzas en el restaurante Roquiño con un menú de lentejas caseras, un filete de ternera y una tarta de queso al horno que aún soy capaz de degustarla, muy recomendable. A la orilla de su río nos juntamos varios peregrinos a media tarde, mis ya amigas de Seúl, se unen tres chicas de Roma, otro hombre de Manchester… cenamos juntos. Compartimos historias, las de cada uno. Que me las guardo para mí… Duermo en el hotel O cruceiro (limpio, céntrico y silencioso).  

:: Etapa 5: Caldas de Reis-Padrón ::

                Despierto y bajo a desayunar al bar del hotel. Tostadas de pan gallego con mermelada y mismo ritual para mis pies que la mañana anterior. Siguen aguantando mis tendones. Las entradas al colegio y el tráfico de primera hora me despiden. La etapa hoy es más corta, no llega a los 16 km. No he descansado mucho, la mala respiración de un peregrino polaco ha hecho que mi sueño no fuera profundo. La suerte o su fuerza de voluntad ha hecho que se levantara las 6 de la mañana para empezar a andar. De noche, con una linterna en la cabeza. Me explicaba la tarde anterior que anda muy despacio. Lo compruebo rápido, a las dos horas coincidimos en un bar tomando café. Ya parece cansado, le adelanto para llegar a Padrón. Duermo en el albergue Cruces de Iria (algo a las afueras, pero ya en sentido Santiago, muy limpio y bastante nuevo). La tarde la comparto con los mismos peregrinos que el día anterior. Las etapas se hacen solos, contigo mismo, a tu ritmo… pero las tardes son para todos. Cenamos pronto y a descansar. El amanecer de mañana es distinto.

:: Etapa 6: Padrón-Santiago ::

Suena el despertador a las 6 y 15 minutos de la mañana. Quedan 25 kilómetros por delante y quiero llegar a Santiago pronto. Me visto en el salón del albergue, un café y mismo ritual para los pies. Les doy ánimos, es el último empujón. Salgo del albergue y es noche cerrada. Empiezo a andar cruzando pueblos y prados, con el único sonido de algún gallo que me hace compañía. Aún adelanto a peregrinos hasta que hay un momento que dejo de hacerlo, debo ir en cabeza de la ruta portuguesa con destino Santiago a velocidad crucero. Respiro hondo y sigo andando. Tres horas y treinta minutos sin parar, 18 km del tirón. Mi cuerpo dice hasta aquí en la puerta de un bar. Estoy en O Milladoiro, a poco más de 7 km De Santiago. Tras el parón sigo y empiezo a bajar, ya sí, con el dibujo en el horizonte de las torres de la catedral. Nervios, ando más deprisa, aunque los pies me mandan avisos. Piso casco urbano, 4 km. Hay dos vías para llegar y elijo las más corta. Cada paso es ya un sufrimiento, cada paso duele. Y aún así solo te sale sonreír. Tanto que hasta un abuelo me espeta al pasar por su lado: “se nota que estás llegando por tu cara”. Sigo andando abriendo camino entre viandantes. Algunos miran y admiran, saben que estas acabando tu camino. Encarrilo la última calle, entro en Obradoiro por la parte derecha de la catedral.

A la misma vez que suenan las campanas de las doce. Mi premio es doble, pongo fin al camino y allí me espera alguien, ese alguien que no podría ser mejor alguien, que graba mi llegada. Me emociono. Me tiro al suelo. Me descalzo. Admiro a mi doble meta. Tardo casi una hora en dejar la plaza. Sentado, descalzo, con mi mochila al lado. Contemplando Santiago. Lo hice, sí. Pero aprendí que es el camino quien te hace y no tú a él.

## Gracias Ángel por aportar un poco más de humanidad a internet ##

 

Un comentario en “Ángel – Camino Portugués: dos y dos no siempre son cuatro

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